En el Camino de Santiago

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miércoles, 16 de abril de 2025

Carta abierta desde el corazón herido de un pueblo

Carta abierta desde el corazón herido de un pueblo

República Dominicana está de luto. No por un día, no por protocolo, sino por una herida profunda que no cierra. Este lunes 8 de abril 2025 perdimos mucho más que vidas: perdimos símbolos, referencias, pilares de nuestra cultura, de nuestra alegría, de nuestro orgullo nacional.

En ese lugar, El Jet Set, donde se derrumbó todo —una discoteca que fue ícono para tantos—, murieron artistas, deportistas, comunicadores, estilistas, empleados, funcionarios jóvenes, familias enteras, y también la esperanza de un país que lleva demasiado tiempo siendo pisoteado por los mismos de siempre.

Se fue Ruby Pérez, una de las voces más puras y patriotas que ha tenido nuestro merengue. Se fueron más de 50 fanáticos fieles de Haina que lo seguían como si fuera un hermano. Se fue una gobernadora joven, con sueños. Se fue ese chico con deficiencia que todos amaban Janny. Se fueron empleados humildes que solo estaban haciendo su trabajo. Se fueron “gente de alcurnia”, sí, pero también dominicanos comunes que solo buscaban un poco de alegría en su propia cultura. Todos se fueron porque a alguien no le importó lo suficiente.

Esto no fue una tragedia natural. Esto fue negligencia, arrogancia y abandono institucional. Esto fue mirar para otro lado mientras el techo se resquebrajaba. Esto fue permitir que el poder y el dinero pasaran por encima de las mínimas normas de seguridad, de humanidad. Y ahora que el dolor nos tiene sin dormir, nos preguntamos:

¿Quién paga esto?
¿Quién devuelve las vidas?
¿Quién responde por la pérdida de parte de nuestra identidad?
¿Quién tiene el valor de asumir que fallaron?

¿Quien sostiene a todos esos niños que quedaron huérfanos y gente que apostó por vivir una vida con alguien que hoy enviudese?? 

Las funerarias no dan abasto. Las lágrimas no paran. Y el pueblo está de pie, sí, pero destrozado por dentro. Porque sentimos que nos están empujando al olvido, que nos quieren reemplazar, borrar, callar. Nos están oprimiendo para meter sus intereses, su dinero, su “modernidad” sin alma. Nos quieren sin historia, sin música, sin memoria.

Pero esto también es un llamado.

¿Cómo es posible que Quisqueya sea la madre de todas las tierras… menos de la nuestra?
¿Cómo podemos sentirnos protegidos, dignos, honorables, si en nuestra propia tierra nos tratan como intrusos?

Este es un grito por unidad, por retorno al amor, a lo más básico: Dios, Familia, Cultura, Patria.
No necesitamos mucho. Solo nos necesitamos a nosotros mismos.
Siempre hemos sido nuestro refugio, y hemos sido refugio de otros —ya sea cuando vienen, o cuando nosotros vamos.

Ahora más que nunca, nos necesitamos fuertes.

Somos parte de las generaciones que vieron nacer, crecer y levantar este país.
Somos los que enviaron dinero y talento para elevar el valor y la dignidad dominicana.
Muchos nos fuimos, y otros volvimos. Pero quienes se quedaron debieron proteger nuestra identidad, nuestra frontera.
¿Dónde están ahora?
¿Qué hicieron?
Esto ya no es una nación: parece un mercado. El mismo mercado que Jesús encontró en la casa de su Padre.
Y como Él, nosotros también preguntamos:
¿Hasta cuándo?
¿Hasta dónde?

Somos un país creyente.
Y quien lea esto puede pensar lo que quiera sobre la fe o sobre Dios.
Pero a nosotros es que nos ha funcionado.
Hasta mi padre —quien un día desveló secretos de concordatos y estructuras religiosas— terminó rindiéndose ante algo más grande.
Porque entendió que no era un tema de religión, sino de luz interior.
De algo más noble, más profundo.
La religión fue guía. Pero la verdad es la que nos hará libres.

Y la verdad es que nada se oculta bajo el sol.

Esto tenía que pasar.
Porque si no pasaba así, iba a pasar de a poco.
Y se nos hunde la isla.
Se hunde si no sabemos mantenerla firme, en bondad, como nos la entregó Dios.
Una tierra para ser madre de muchas,
una tierra que abraza a los que buscan consuelo, no a los que vienen a burlarse, a saquear, a humillarnos, a esclavizarnos.

Dios no nos quiere vencidos. Nos quiere fuertes, valientes, llenos de amor.
Nos quiere enseñando a reír, a bailar con el alma, a inventar ritmos, a crear belleza, a encender luces en otros sin apagar las nuestras.

No hay que buscar nada fuera.
Lo tenemos todo.
Pero lo necesitamos en orden.
¿Es tan difícil?

¿Es tan difícil crear sistemas que sirvan al pueblo?
¿Quién dijo que porque estés cuatro años en una silla tienes derecho a cambiar mi centro, mi rumbo y mi esencia?

No.
Tú no eres dueño de mi país.
Eres mi empleado.
Eras mi representante.
Y hoy, te has convertido en mi enemigo.

Pero aún así, no hablaremos con odio.
Hablaremos con la fuerza de quienes saben que esto no termina aquí.
Y que la verdad —como dice nuestro escudo—, nos hará libres. 

Con dolor, con amor, con fe,
pero sobre todo, con Dignidad Dominicana pero sobre todo Quisqueyana.

Pamela Alduey

A una semana de la tragedia aún andamos temblando y llorando enn las calles.